Continuación del relato de Ramón del Valle-Inclán: La misa de San Electus

José Antonio Marina, en La magia de leer, plantea el siguiente decálogo de destrezas que un buen lector debe dominar:

1. Predecir lo que es probable que suceda.
2. Descifrar palabras desconocidas.
3. Reconocer diferentes tipos de lectura.
4. Relatar con sus propias palabras lo que ha leído.
5. Identificar distintos puntos de vista.
6. Leer entre líneas.
7. Comprender la idea principal.
8. Usar su imaginación.
9. Crear sus propias historias.
10. Distinguir qué libros les gusta y cuáles no.

Ponemos en práctica la primera destreza. Los alumnos  reciben el siguiente párrafo de La misa de San Electus, uno de los relatos incluido en  libro Jardín umbrío, de Ramón del Valle Inclán (1866 – 1936), editada por Espasa Calpe en la Colección Austral. Después de leerlo deben continuar la trama, no necesariamente el final, y contarla por escrito.

“A la puerta de la iglesia un niño aldeano tocaba a misa tirando de una cadena. Estaba abierta la puerta, y el abad, todavía por revestir, arrodillado en el presbiterio. Algunas viejas en la sombra del muro rezaban. Tenían tocadas sus cabezas con los mantelos, y de tiempo en tiempo resonaba una tos. El mozo atravesó la iglesia procurando amortiguar el ruido de sus madreñas, y en las gradas del altar se arrodilló haciendo, la señal de la cruz. El niño que tocaba la campana vino a encender las velas. Poco después el abad salía revestido, y comenzaba la misa. El mozo, acurrucado en las gradas del presbiterio, rezaba devoto. Caído en tierra recibió la bendición. Cuando volvió al pajar caminaba arrastrándose, y durante todo aquel día el quejido de tres voces, que parecían una sola, llenó la aldea, y en la puerta del pajar hubo siempre alguna mujeruca que asomaba curiosa. Murieron en la misma noche los tres mozos, y en unas andas, cubiertas con sábanas de lino, los Ilevaron a enterrar en el verde y oloroso cementerio de San Clemente de Brandeso.”

 

He aquí diferentes versiones de lo que ocurrió después:

Al día siguiente, el pueblo entero estaba angustiado; no se explicaba la muerte de aquellos mozos que murieron el mismo día, a la misma hora y en el mismo lugar. Las viejas que rezaban por  las almas de los tres mozos salían y entraban de la iglesia. El niño, que había sido el único testigo de lo sucedido de aquella noche, sentía una mezcla de sentimientos: tristeza, miedo y decepción. Una de las mujerucas se le acercó al niño en pos de información. El niño veía como la mujeruca se iba acercando poco a poco. Su cara se tiñó de miedo e intentó salir corriendo, pero sus piernas no le respondían.

La Mujeruca no se había percatado de que alguien la estaba siguiendo. Cuando sintió una mala vibración a sus espaldas, se dio la vuelta, pero su reacción fue demasiado tarde. Su cuello había sido cortado por unas uñas muy afiladas como el filo de una espada, su sangre salía como cuando abres a tope el grifo de agua. El niño al ver tremenda escena empezó a gritar a la vez que corría  pero no llego muy lejos ya que aquel tipo le cerró el paso  y le dijo:

-¿Por qué lloras?…solo era una vieja cotilla.

A lo que el niño asustado y con miedos en sus palabras le respondió:

-No, no, no…usted es el abad, el único que se ha ganado la confianza de todos en este pueblo… ¿Por qué? ¿Por qué lo hizo?

-Aunque te lo explicara con todo lujo de detalles, no lo entenderías…Todos los de este pueblo formáis parte de mi juego y tú eres la pieza más importante.

El niño se intentaba convencer de que todo aquello era una pesadilla de la cual pronto despertaría, así que volvió a correr sin intentar mirar atrás. Cuando estaba a una distancia importante del cura, oyó cómo este le decía:

-Espero que sepas guardar un secreto. Quisiera ser yo quien les dé la grata noticia de mi juego.

Acto seguido, cuando el niño ya estaba lejos de la escena, el Abad se acercó al cuerpo inerte de la mujeruca para llevárselo.

Suly Muñoz

La curiosa mujeruca sabía todo lo que había sucedido en esa iglesia con esos tres pobres mozos. Al llegar las esposas de los difuntos, la mujeruca se acercó a ellas. Una de las esposas la preguntó:

– ¿Que ha sucedido? ¡Si salieron de casa hace unos días a buscar trabajo!

La curiosa mujeruca le contó cómo sucedió. Habían llegado por la mañana al pueblo. Preguntaron dónde podían encontrar trabajo. El alcalde del pueblo les dijo que en la iglesia había trabajo. Se dirigieron a la iglesia. Allí preguntaron por el cura, que les ofreció trabajo y alojamiento.

Tenían un cuarto pequeño, húmedo y sin calefacción. Una vecina les trajo una estufa de gas con una bombona. El cuarto no tenía ninguna ventana. La estufa la tuvieron encendida toda la noche. A la  mañana siguiente el cura tocó a la puerta preocupado. Nadie contestaba y entró en el cuarto. Al ver que nadie se movía, asustado, salió a pedir ayuda. Vinieron el médico, la policía  y el alcalde y constataron que todos estaban muertos. Todas las personas se asustaron y el niño, empezó a tocar las campanas.

– ¿Qué ha pasado?, preguntaba la gente.

– Se intoxicaron con gas, la mujeruca murmuraba.

El alcalde y la gente del pueblo ayudaron a los familiares en todo lo necesario. Los tres mozos fueron enterrados en el cementerio de San Clemente de Brandeso. El pueblo consternado decretó tres días de luto.

Belén Estévez

La gente comentaba al día siguiente, que había sido cruel, misterioso, extraño. Los tres mozos habían muerto de la misma manera y la misma noche. Aquellas voces que se escucharon desde el pajar, transmitían un miedo enorme en forma de rumor negro que penetraba en forma de escalofrío en los cuerpos de las gentes del pueblo, menos en una las ancianas que se asomaban curiosas a ver lo sucedido. Era dolor, agonía, sufrimiento, como si se consumieran lentamente.

En los cuerpos, aparecieron marcas, extraña, eran como quemaduras, pero no producidas por llamas, si no que parecían trazadas de una manera precisa, por alguien o algo. Nadie las había visto jamás, solamente una señora; su marido había muerto en similares circunstancias. No había tenido buena aceptación en el pueblo ya que era extranjero. Se comentaba que su muerte fue causada mediante brujería.

Pasado unos años todavía se comentaba de la muerte de aquellos mozos con cierto temor y recelo. Algunos de los más ancianos  del pueblo eran gentes muy reacias a las personas nuevas. Pues mantenían unas tradiciones y cultura ancestrales y no querían que de allá saliera. San Clemente de Bradeso es una aldea mágica con su verdor y olor. Mas si pasas, no te quedes en ella o te caerá la maldición.

Annia Zorrilla

El abad de aquella iglesia fue el encargado de dar sepultura a aquellos tres jóvenes. En aquél cementerio se reunieron los familiares y amigos de ellos, para darles su último adiós. Allí se encontraba una joven triste y apenada llorando por uno de los chicos con el cual resultó tener un noviazgo. La madre, que era una de las mujerucas que rezaban en la iglesia, la acompañaba en todo momento dándole su apoyo incondicional.

Días más tarde, se rumoreaba en el pueblo acerca de la misteriosa muerte de aquellos muchachos. Una de las señoras decía:

– ¿Qué podría haberles pasado?

A lo que otra contestaba:

– Se dice, que jugando en el viejo pajar, se accidentaron cuando una de las vigas se les vino abajo.

– ¡Qué pena!, exclamaban otras que estaban atentas a la conversación

Entonces otra de las mujerucas añadió:

– Toda una vida por delante, que se acaba de un momento a otro.

Con el tiempo el tema se fue olvidando, y todo volvía a la normalidad, aunque en la mente de todos los aldeanos, seguirían vivos esos tres muchachos.

ROBERTO MERINO

El día comenzaba con una mala noticia. Las campanas no doblaban como todos los días para ir a misa. Empezó a levantarse el aire. Los niños del pueblo se reúnen para escribir unas palabras a los amigos  que no volverán a ver. Entre lágrimas uno de ellos espera poder expresarse. Sentado en una silla de madera va recordando como si de una película se tratara. En un momento todo se desvanece. No puede escribir se siente mal. Necesita salir fuera y tomar el aire.

El día abría lluvioso. Las campanas doblaban lentamente. No sonaban como todos los días. En la calle todo era silencio. Los bancos de la iglesia invitan a sentarte en una madera de roble hecha por las gentes del pueblo. Las mujeres en voz baja comentaban lo sucedido: “Tenían toda una vida por delante estos jóvenes”. Cada féretro portaba un ramo de rosas, que bajaba en cascada. Lo que más llama la atención son sus colores rojo intenso y un blanco aterciopelado. El sacerdote  se dirige a las familias allí presentes. Sorprende lo familiar que es. Un familiar de los niños fallecidos se emociona al decir unas palabras. Los familiares bajan por una escalera, esperando el apoyo y cariño del pueblo fundido en un abrazo.

La madre de uno de los niños se desmaya y cae al suelo, se acerca  corriendo una señora.

– ¿Está bien?

-¡Sí, gracias!, responde la señora que se desmayó. ¿Me puede traer un vaso de agua?

Sorprendida la señora que se acercó.

-¡Sí, tranquila, espere aquí un momento!

Entre tanto disgusto, salen de la iglesia. Unos a casa, y otros al cementerio, sabiendo que no volverán a ver a sus seres queridos nunca más. Con gran dolor los entierran. Salen del cementerio, menos tres personas, que han perdido una vida que tenían por delante.  El sacerdote  recuerda a los niños, que jugaban en el pajar entre risas  y gritos. En el cementerio quedaba una señora, que observaba la tierra donde debajo estaban los niños. Antes jugaban encima de ella.  Les enciende una vela y piensa en lo hermosos que eran y el sentimiento y recuerdos que de ellos le han quedado. Mira al cielo y el sol al atardecer se esconde tras las montañas. Un aro de luz surge al rededor de unas nubes, se da cuenta que esas nubes tienen la forma de lose niños, que de la mano se van acercando hacia el aro de luz, y piensa: Quizás sean felices en ese lugar donde allí se dirigen.

Bárbara Taboada

 

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