Tomamos prestados el comienzo y el final de Muerte en Venecia, de tomas Mann y reinventamos una trama.

Así comienza Muerte en Venecia:

Von Aschenbach, nombre oficial de Gustavo Aschenbach a partir de la celebración de su cincuentenario, salió de su casa de la calle del Príncipe Regente, en Munich, para dar un largo paseo solitario, una tarde primaveral del año 19… La primavera no se había mostrado agradable. Sobreexcitado por el difícil y esforzado trabajo de la mañana, que le exigía extrema preocupación, penetración y escrúpulo de su voluntad, el escritor no había podido detener, después de la comida, la vibración interna del impulso creador.

Así termina:

Pasaron unos minutos antes de que acudieran en su auxilio; había caído a un lado de una silla. Le llevaron a su habitación, y aquel mismo día, el mundo, respetuosamente estremecido, recibió la noticia de su muerte.

PRIMERA TRAMA:

Mientras caminaba, reflexionaba sobre lo errores que había  cometido durante su vida, el tiempo que había perdido de estar con sus hijos y con su mujer. No recordaba cuándo fue la primera vez que su hijo
comenzó a ir al baño solo, y se sentía miserable  por no haber sido mejor padre. Pero ya era demasiado tarde. Sus hijos habían muerto en un trágico accidente y su mujer se había vuelto loca.

Sentado en una terraza, aunque no hacia un muy buen día que digamos, pidió un café a la camarera. No se había percatado muy bien, pero al instante comenzó a mirarla. Esa camarera le recordaba a su mujer, tan
hermosa y tan joven. No pudo resistirlo más. Se levantó dejando el dinero en la mesa, en realidad era el doble de lo que valía el café. No podía seguir ahí. Estaba destrozado. Se sentía culpable de las desgracias de su familia.

Al mirar el reloj, se dio cuenta de que ya era muy tarde y decidió regresar a su casa. Pero en el momento en que vio la hora, sintió un pinchazo en el corazón. Se  asustó, naturalmente, e intentó llegar lo más rápido posible a su domicilio. Cada paso que daba se sentía más  débil. Ya en su casa, sentía que la vida se le iba de las manos, pero no le importaba mucho ya que, sin su familia, la vida no tenía sentido. Intentó
llegar a su recámara, pero el dolor pudo con él y cayó al suelo junto a su silla.

Raiza Mejía

SEGUNDA TRAMA

No se podía creer lo que acababa de ver. Había pillado a su mujer con otro hombre. Su reacción fue salir de allí sin decir y hacer nada. Tenía tanta rabia por dentro, que no sabía cómo expulsarla. En ese momento, lo único que quería era olvidarse de todo. Entró a un bar, uno de estos que están lleno de humo de puro, con olor a comida, y en los que sólo hay viejos jugando a las cartas. Se sentó en la banqueta enfrente de la barra con los ojos llorosos y la mirada perdida.

La camarera se le queda mirando y le pregunta:

-¿Qué desea caballero?

Él, se la queda mirando fijamente unos segundos, que se le hicieron eternos, y contesta:

-Un whisky doble, si es tan amable. Por favor.

Una copa, tras otra, tras otra. El hombre, ya con la cara roja y sin poder sostener la cabeza quieta, pide nuevamente de beber.

-Lo siento caballero, pero ya no le podemos servir más alcohol,  dijo la camarera.

El hombre intenta levantarse de la silla. Empieza a  escuchar voces de lejos, voces que se juntan unas con otras. No logra entender lo que dicen. Se le empezaba a nublar la vista. La cabeza se le iba para un lado y para el otro. No sabía lo que le estaba pasando.

La camarera se queda mirando preocupada y le pregunta:

-Señor, ¿está bien?

Jarim Martínez


TERCERA TRAMA

V.A vivió cerca de treinta y ocho años en Alemania. Es un juez importante en la ciudad de Múnich. Preparaba su traslado a la Audiencia Nacional de Venecia. Su último caso, la violación de una adolescente a manos de un peligroso narcotraficante de la ciudad, salió de nuevo a la luz. El jueves 15 de octubre, en el hotel Metrópoli de Venecia tenía una reunión importante en el salón de actos de dicho hotel. En la reunión hablaron de lo sucedido estos últimos años en Múnich, en especial del caso sin cerrar del narcotraficante.

De repente, su teléfono móvil comenzó a sonar. Le estaba llamando Marco De Grossi, inspector de la policía Italiana y unos de los pocos amigos que tenía en Venecia.

-¿Diga? ­–dijo V.A.

-¡Hola V.A! ¿Te pillo en mal momento? – contestó Marco.

-No, dime Marco.

-Te llamo para decirte que mis hombres ya te dejaron el dosier que me pediste en la recepción del hotel.

-Muchas gracias Marco, da gusto trabajar con gente como tú.

-Ya sabes que te voy a ayudar en todo lo que necesites V.A – contestó Marco.

-Un abrazo amigo.

-Adiós señor juez.

Al colgar el teléfono, V.A se dirigió a la recepción del hotel a por el paquete que le había mandado  Marco. Al otro lado del mostrador había una muchacha pelirroja con una sonrisa radiante y unos ojos preciosos.

-¡Hola señorita! Buenos días –dijo V.A.

-Buenos días caballero, ¿qué desea? –preguntó la muchacha.

-Soy V.A, juez de la Audiencia Nacional de Venecia.

-No me diga más, usted ha venido a por el paquete que han dejado aquí los hombres de Marco De Grossi –afirmó la chica.

-Eso es señorita –contesto V.A.

-Pues no le entretengo más señor, tome su paquete.

-Gracias, muy amable.

-De nada señor juez, que pase un buen día.

V.A cogió el paquete y se dirigió a la habitación para verlo en privado. No subió en ascensor, ya que sólo  tenía que subir un piso por las escaleras.

Al entrar en la habitación cerró la puerta, vio cómo las cortinas ondeaban como una bandera. No le prestó mayor importancia y entró  en el despacho. Se sirvió una copa de vino y se sentó a ver el dosier. De repente sintió como le clavaban algo en la espalda y notó como casi le salía por el pecho. Quedó tendido en la mesa del escritorio. Vio como una silueta se llevaba el dosier que el inspector le había facilitado. Lo último que sus ojos pudieron ver fue como el vino se mezclaba con su propia sangre.

Alfonso Lozano

 

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