El fin no siempre justifica los medios, por Andrea Camino

Nacho lloraba de impotencia en la sala de espera del hospital. Su mujer, Maite, seguía sedada en la habitación; el shock de la noticia le había provocado un ataque de ansiedad. Clara era su única hija, por la que hubieran dado hasta su alma y ahora no podían hacer nada.

Al mirar la cama donde estaba Clara, Nacho tuvo que apretar los puños y reprimir la rabia que corría por sus venas. Parecía una muñeca de porcelana rota, la viva imagen de la belleza de juventud perdida, con el rostro desfigurado por los golpes, varios huesos rotos y sumida en un coma del que no sabía si volvería a despertar.

Hacía tan sólo cuatro horas desde la llamada de la policía; cuatro horas desde que la había visto por última vez salir por la puerta de casa, como cada sábado, para ir con sus amigas a la discoteca del pueblo. Clara nunca imaginó lo que el destino le deparaba al cruzar el parque que unía su casa con la de su mejor amiga.

Eran tres chicos. Al principio le parecieron inofensivos; los conocía de haberlos visto algún día por la calle, pero nunca se había fijado en ellos demasiado. Empezaron a silbarle. Poco después los silbidos se convirtieron en piropos y los piropos en obscenidades.

Clara empezó a sentir miedo y aceleró el paso. Al girar la vista atrás vio que la estaban siguiendo. Cada vez había menos distancia entre ellos.

Intentando que el pánico no le nublara la mente, Clara corrió todo lo que pudo callejeando para despistarlos. Cuando pensó que por fin lo había logrado, uno de ellos le cerró el paso.

Estaba asustada, aturdida y cansada. Dos la agarraron, mientras el otro le tocaba el pelo y le acariciaba la cara.

–       Hola, guapa, ¿qué haces sola a estas horas de la noche?

–       Tengo que irme, llego tarde.

–       ¿Sí? Pues yo creo que llegas justo a tiempo.

Intentó gritar, se resistió hasta quedarse sin fuerzas y pidió ayuda lo más alto que las manos y los golpes de aquellos mal nacidos le permitieron. Pero nadie impidió que desde esa noche llevara grabada en el alma la palabra violación.

Cuando detuvieron a los culpables, sus únicas excusas fueron decir que estaban drogados, que solo querían pasar un buen rato y que “se les fue” de las manos.

La sentencia del juez: dos años de condena en un reformatorio que con suerte quedaría en uno con un buen comportamiento.

La sentencia que dictaminó el padre de Clara: quitarles la vida, a modo de venganza, aunque pasara el resto de sus días en una prisión.

Ella perdió un cincuenta por ciento de audición en el oído izquierdo, algo de vista en el ojo derecho, su dignidad y tuvo que soportar la misma angustia al mirar todas las mañanas las cicatrices de su cuerpo. Y, por si eso fuera poco, también perdió a su padre.

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Una respuesta a El fin no siempre justifica los medios, por Andrea Camino

  1. isi dijo:

    Ya es triste que nos vengan enfermedades y otras cosa, pero es más triste que las personas sean lobos y aruinen la vida de toda una familia.
    Los lobos hay que… en fin….hay cosas que nos dejan tristes e impotentes ante tanta maldad.
    Luchemos por conseguir un mundo mejor con justicia y aunque nos cueste con pedón.

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