EL SOMBRERO DEL PROFESOR, Por Sara Ureña

Era el primer día de clase y todos esperábamos al profesor de lengua. Entre tanto, charlábamos sobre las fiestas que habían transcurrido la semana anterior.

Raúl me preguntó:

-¿Qué tal las fiestas de tu pueblo, Sara?

-Bueno la verdad…, intenté decirle.

-¡Uuuuufff! – interrumpió Carol-. No me hables de las fiestas de mi pueblo, que no me acuerdo. Iba to pedo.

En ese momento apareció Antonio Íñigo, el profesor de lengua, y nos dio las buenas tardes, casi sin reparar en ello, secamente.

Todos continuaron hablando, pero yo le miraba como escaneándole. Era un hombre alto, delgado, de una edad indeterminada, con vaqueros ajados y camiseta obscura. Sin embargo lo que más me llamaba la atención era su extraño sombrero negro que parecía de otra época, aunque no desentonaba.

Llegó a la mesa y se quitó el oscuro sombrero dejando ver un precioso pelo plateado.

Anonadada, mirándole, me percaté de algo extraño: vi cómo Antonio, el profesor, dejaba delicadamente el sombrero al lado de la mesa con una mueca de angustia en su rostro. Algo no iba bien.

Todo durante la clase transcurrió con normalidad. Al finalizar, estalló un ruido de objetos y, de fondo, la voz de Antonio sobreponiéndose al bullicio.

-No os olvidéis de traerme el próximo día vuestras redacciones.

Me quedé recogiendo despacio y vi cómo de nuevo el profesor cogía su sombrero con la misma cara de pesadumbre para colocarlo sobre su brillante pelo.

Me noté a mí misma tragando saliva, sentí que por mi garganta bajaba el propio miedo.

Pasaron los días y el ritual del sombrero siempre era el mismo. Un miércoles, cuando todos se habían marchado, le pregunté:

-Perdona, Antonio. No he podido evitar fijarme en esa mueca que pones cuando te quitas y te pones el sombrero -le comenté nerviosa.

-Deberías estar más por los estudios y no meterte en mis asuntos, niña, me cortó el maestro.

Tras un seco adiós, me quedé muda y boquiabierta durante unos segundos pensando en que ése no parecía el bondadoso profesor de lengua de siempre.

Impulsivamente, empecé a caminar. Sin darme cuenta le estaba siguiendo con pasos largos y decididos. Miré a mi alrededor. Estaba perdida. Pensé: ¿Qué estoy haciendo?

Antonio se paró en una calle obscura y vacía con edificios en ruinas. Se metió en uno de ellos. Un minuto más tarde, crucé la puerta tras de él, casi taquicárdica. Un montón de escaleras me esperaban en el rellano, y al final una sola puerta.

Me dispuse a entrar, pero estaba cerrada. Me di la vuelta convencida de que era una locura todo aquello.

Entonces percibí un ruido de cerradura y, de pronto, noté cómo alguien me cogía de los pelos y me arrastraba hacia dentro de aquel habitáculo. Ahogándome en un grito de miedo y dolor, oí la voz del profesor que me decía:

-La curiosidad mató al gato, Sara.

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