ANTOLOGÍA DE RELATOS: VIAJE A LA ALCARRIA, CAMILO JOSÉ CELA (Padrón, 1916 – Madrid, 2002)

III

DEL HENARES AL TAJUÑA

El viajero, de Guadalajara sale a pie por la carretera general de Zaragoza, al lado del río. Es el mediodía, y un sol de justicia cae, a plomo, sobre el camino. El viajero anda por la cuneta, sobre la tierra; el asfalto es duro y caliente, y estropea los pies. A la salida de la ciudad el viajero pasa por un merendero que tiene un nombre sugeridor, lleno de resonancias; por un merendero que se llama Los misterios de Tánger. Antes ha entrado en una verdulería a comprar unos tomates.

—¿Me da tres cuartos de tomates?

—¿Eh?

La verdulera es sorda como una tapia.

—¡Que si me da tres cuartos de tomates!

La verdulera ni se mueve; parece una verdulera sumida en profundas cavilaciones.

—Están verdes.

—No importa; son para ensalada.

—¿Eh?

—¡Que me es igual!

La verdulera piensa, probablemente, que su deber es no despachar tomates verdes.

—¿Va usted a Zaragoza, por un casual, a cumplir una promesa?

—No, señora.

—¿Eh?

—¡Que no!

—Pues antes iban muchos a Zaragoza; llevaban también el equipaje colgando.

—Antes sí, señora. ¿Me da tres cuartos de tomates?

El viajero no puede gritar más fuerte de lo que lo hace. Tiene la garganta seca; por un tomate hubiera dado un duro. La puerta de la verdulería está llena de niños que miran para el viajero; de niños de todos los pelos, de todos los tamaños; de niños que no hablan, que no se mueven, que miran fijamente, como los gatos, sin pestañear.

Un niño pelirrojo, con la cara llena de pecas, advierte al viajero:

—Es sorda.

—Ya lo veo, hijo.

El niño sonríe.

—¿Va usted a Zaragoza, de promesa?

—No, querubín; no voy a Zaragoza. ¿Tú sabes dónde puedo comprar tres cuartos de tomates?

—Sí, señor; venga conmigo.

El viajero, con veinte o veinticinco niños detrás, sale en busca de los tomates. Algunos niños corren unos pasitos para ver bien al viajero, para ir siempre a su lado. Otros se van aburriendo y se van quedando por el camino. Una mujer, desde la puerta de una casa, pregunta en bajo a los niños: ¿Qué quiere? Y el niño de la pelambrera roja contesta, complacido: Nada; vamos buscando tomates. La mujer no se conforma, vuelve a la carga: ¿Va a Zaragoza? Y el niño se vuelve y contesta seco, casi con indignación: No. ¿Es que por aquí no se va más que a Zaragoza?

Al pasar por delante del merendero, el hombre que —¡también es casualidad!— no va a Zaragoza, siente como si acabaran de sacarlo de un estanque donde se estuviera ahogando. El viajero va con su ayudante, con el niño del pelo de azafrán al lado. El niño le había dicho:

—¿Me permite usted que le acompañe unos hectómetros?

Y el viajero, que siente una admiración sin límites por los niños redichos, le había respondido:

—Bien; te permito que me acompañes unos hectómetros.

Ya en la carretera, el viajero se para en un regato, a lavarse un poco. El agua está fresca, muy limpia.

—Es un agua muy cristalina, ¿verdad?

—Sí, hijo; la mar de cristalina.

El viajero descuelga la mochila y se desnuda de medio cuerpo. El niño se sienta en una piedra a mirarle.

—No es usted muy velludo.

—Pues, no… Más bien, no.

El viajero se pone en cuclillas y empieza por refrescarse las manos.

—¿Va usted muy lejos?

—Psche…; regular… Dame el jabón.

El niño destapa la jabonera y se la acerca. Es un niño muy obsequioso.

—¡Pues, anda, que como vaya usted muy lejos, con este calor!

—A veces hace más. Dame la toalla.

El niño le da la toalla.

—¿Es usted de Madrid?

El viajero, mientras se seca, decide pasar a la ofensiva.

—No, no soy de Madrid. ¿Cómo te llamas?

—Armando, para servirle, Armando Mondéjar López.

—¿Cuántos años tienes?

—Trece.

—¿Qué estudias?

—Perito.

—¿Perito…, qué?

—Pues perito…, perito.

—¿Qué es tu padre?

—Está en la diputación.

—¿Cómo se llama?

—Pío.

—¿Cuántos hermanos tienes?

—Somos cinco: cuatro niños y una niña. Yo soy el mayor.

—¿Sois todos rubios?

—Sí, señor. Todos tenemos el pelo rojo; mi papá también lo tiene.

En la voz del niño hay como una vaga cadencia de tristeza. El viajero no hubiera querido preguntar tanto. Piensa un instante, mientras guarda la toalla y el jabón y saca de la mochila los tomates, el pan y una lata de foiegras, que se ha pasado de rosca preguntando.

—¿Comemos un poco?

—Bueno; como usted guste.

El viajero trata de hacerse amable, y el niño, poco a poco, vuelve a la alegría de antes de decir: Sí, todos tenemos el pelo rojo; mi papá también lo tiene. El viajero le cuenta al niño que no va a Zaragoza, que va a darse una vueltecita por la Alcarria; le cuenta también de dónde es, cómo se llama, cuántos hermanos tiene. Cuando le habla de un primo suyo, bizco, que vive en Málaga y que se llama Jenaro, el niño va ya muerto de risa. Después le cuenta cosas de la guerra, y el niño escucha atento, emocionado, con los ojos muy abiertos.

—¿Le han dado algún tiro?

El viajero y el niño se han hecho muy amigos y, hablando, hablando, llegan hasta el camino de Iriépal. El niño se despide.

—Tengo que volver; mi mamá quiere que esté en casa a la hora de merendar. Además, no le gusta que venga hasta aquí; siempre me lo tiene dicho.

El viajero le alarga la mano, y el niño la rehúye.

—Es que la tengo sucia, ¿sabe usted?

—¡Anda, no seas tonto! ¿Qué más da?

El niño mira para el suelo.

—Es que me ando siempre con el dedo en la nariz.

—¿Y eso qué importa? Ya te he visto. Yo también me hurgo, algunas veces, con el dedo en la nariz. Da mucho gusto, ¿verdad?

—Sí, señor; mucho gusto.

El viajero echa a andar y el niño se queda mirándole, al borde de la carretera. Desde muy lejos, el viajero se vuelve. El niño le dice adiós con la mano. A pleno sol, el pelo le brilla como si fuera de fuego. El niño tiene un pelo hermoso, luminoso, lleno de encanto. Él cree lo contrario.

Armando Mondéjar López
es un niño preguntón;
tiene el pelo colorado
del color del pimentón.
(La naranja ya está seca,
amarillo está el limón.
La sandía está llorando,
está riendo el melón.)
Armando Mondéjar López
se queda parado al sol;
su pelambrera rebrilla
como arde su corazón,
y en su mirada se enciende,
poco a poco, la ilusión.
Tiene el pelo colorado
del color del pimentón.

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3 respuestas a ANTOLOGÍA DE RELATOS: VIAJE A LA ALCARRIA, CAMILO JOSÉ CELA (Padrón, 1916 – Madrid, 2002)

  1. Sysy Heva dijo:

    La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla.
    De; Grabriel García Márquez

    • Antonio dijo:

      Ajá. Una piedra sólo parece antigua cuando tiene marcas, recuerdos del pasado.
      Yo diría más, las cosas son concreciones de lo que previamente hemos intuido o pensado. Es la diferencia entre ver y reconocer, entre sensación y percepción.

      Gracias por este comentario explica por qué unos cuantos nos dedicamos, como autores o como lectores, a la Literatura.

  2. Sysy Heva dijo:

    Gracias.
    Espero poder seguir leyendo estos fragmentos tan agradables .
    Felices vacaciones

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