EL TEXTO DRAMÁTICO: ANTÍGONA, DE SÓFOCLES

Un texto dramático, básicamente, recoge los diálogos de los personajes de una acción para  representarla ante el público. El motor del teatro es el conflicto, la tensión entre dos partes para conseguir su objetivo. De una parte el PROTAGONISTA, que es aquel que desea algo por alguna razón -emocional, práctica, de principios; egoísta, atruísta; secreta o no- y con urgencia. Quiere cambiar el statu quo, es decir, la situación establecida. De otra parte el ANTAGONISTA, que es el que no quiere el cambio, el que pudiendo otrogar, por alguna razón, niega el deseo del protagonista.

El desarrollo de la acción dramática conisiste en una sucesión de situaciones de tensión, o climax, buscadas por el protagonista hasta llegar al clímax final, como desenlace del drama. El diálogo pondrá de manifiesto los intereses de cada personaje y su capacidad de persuasión del adversario.

Los finales posibles del conflico son:

I. El empate
II. La victoria de uno sobre el otro que admite su derrota (se trata de  convencer, más que de convencer)
III. La componenda entre los dos.
IV. El descubrimiento de una nueva percepción del conflicto. Descubimiento de algo nuevo sobre ellos mismos o sobre el otro.

Todo ocurre en el escenario ante la mirada atenta del espectador. De ahí que para contextualizar los hechos se hagan alusiones a situaciones pasadas en los diálogos, con los gestos, con comentarios de los personajes que “supuestamente” sólo escucha el público, con la intervención del coro, etc. No hay narrador: escuchamos, observamos a dos sujetos que discuten, y reconstruimos las claves del conflicto. Los actores deben hacer creer al espectador la mentira del teatro para crear la ilusión de que lo que está pasando en el escenario está sucediendo de verdad.

Como ejemplo, una escena del teatro clásico griego. Mientras la lees, procura descubrir los tres elementos que constituyen la FÓRMULA DE LA ESCENA :

a) el motor, la causa del conflicto.
b) el detonante que hace que la escena tenga lugar (el gatillo que dispara la situación), y
c) los personajes, protagonista y antagonista.

ANTÍGONA, de Sófocles (Atenas, 496 a. C. – 406 a. C.) en versión libre de José María Pemán (Cádiz, 1897 – 1981)  en la Editorial Alfil.

Escena Primera

ANTÍGONA.- ¿Has escuchado, Ismene… Sobre el monte se va a pudrir la carne de tu carne.

ISMENE.- ¡No lo digas!

ANTÍGONA.- ¡Son ellos los que dicen!; ¿no lo escuchaste, Ismene?

ISMENE.- Escuché la amenaza de Creonte.

ANTÍGONA.- ¡Y yo escucho la voz de Polinices!

ISMENE.- Perderás la razón, hermana. Cierra esas cortinas.

ANTÍGONA.- ¡Déjalas abiertas! Necesito el consejo de la noche… Esa Luz… sobre el monte…

ISMENE.- Es que amanece, tal vez…

ANTÍGONA.- Acaso, hermana, tienes razón. Acaso sobre Antígona amanece la gloria de su sangre, ¿Cuento contigo, Ismene?

ISMENE.- ¿Qué maquinas?

ANTÍGONA.- Dame, Ismene, esa cántara de vino, ese ungüentario… y esas rosas.

ISMENE.- ¡Habla!

ANTÍGONA.- Iré al monte esta noche y haré con Polinices el oficio piadoso de una hermana.

ISMENE.- Antígona, ¿qué dices? ¿No has oído que Creonte prohibe con la muerte lo que intentas?

ANTÍGONA.- ¡La muerte! ¿Y no es, acaso, la muerte ya vivir así humilladas?

ISMENE.- ¿Vas a jugar la vida en el empeño?

ANTÍGONA.- ¡Mi vida es esa luz que arde en el monte!

ISMENE.- ¡Lo imposible te indulta en todo caso!

ANTÍGONA.- ¡Imposible!… ¡Pronuncias tal palabra y eres hija de Edipo!

ISMENE.- Se me clavan tus voces en el pecho.

ANTÍGONA.- Y a mí en el mío los pelados huesos de mi hermano insepulto, como espadas!

ISMENE.- Tiemblo por ti…

ANTÍGONA.- Las hojas en el árbol tiemblan, Ismene. El tronco está tranquilo.

ISMENE.- Piensa tú que Creonte tiene su parte de razón… Polinices ha muerto luchando contra Tebas.

ANTÍGONA.- ¡Es tu última palabra la que has dicho! Conmigo no vendrás… Darle al tirano su parte de razón es darle todo. Si él nos exige obediencia ciega, ¡ciega ha de ser, también, la rebeldía! Échate por los ojos esos velos que tejieron las manos de tu madre; esos con los que jugaba Polinices de niño: y no verás más que los tuyos, tu casta, tu razón y tu justicia. ¡Si le das al contrario una migaja de tu razón, ya admites tu derrota!

ISMENE.- ¡No! Antígona… Un momento…

ANTÍGONA.- ¡Suelta!

ISMENE.- Escucha. Yo he rogado a los dioses que resuelvan nuestro infortunio. Hoy mismo, de mañana, Antígona, fui al río, y el anillo – ¿recuerdas? – que mi padre me dio una tarde, aquél que lucía aquella piedra verde como el campo, se lo arrojé a los dioses de las aguas en sacrificio… Espera su respuesta.

ANTÍGONA.- ¡Pobre Ismene! Los dioses no suben los caminos empinados: ayudan al mortal que los emprende.

ISMENE.- ¡No saldrás! ¡No saldrás!

ANTÍGONA.- ¿Ves, ¡esos cuervos -¿los ves?- que pasan llevando en el pico sangre de Polinices!

ISMENE.- ¡No te tortures de ese modo!

ANTÍGONA.- ¡Mira!, ¡esos perros -¿los ves?- en sus hocicos, sangre de Polinices!… ¡Sangre tuya!

VOZ LEJANA DE NIÑOS.- ¡La muerte a quien entierre a Polinices!…

ANTÍGONA.- Y eso ya no es pregón… Es juego… ¡Es burla de nosotras! ¡Acaso llevarán esos niños las correas rotas de sus zapatos para tirar los pájaros mañana!… ¡No más!, ¡no más!

ISMENE.- ¡Conmigo está la sensatez!

ANTÍGONA.- ¡Eso mañana, los siglos lo dirán, y los poetas!

(Para escuchar la obra completa interpretada por los actores de RNE, pincha aquí.)

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