RELATO AL ESTILO POPULAR: SUNA EN LAS CUEVA DE CLARIÓN, Por Susana Vaca

En un planeta llamado Clarión vivía Suna con su madre. Suna tenía veinte años. Era alegre. Le encantaban los caballos y todos los días montaba. Una mañana salió de casa para dar un paseo con uno y cuando regresó vio que su madre no estaba. Pensó que habría salido a comprar algunas cosas que necesitaba, pero al entrar dentro de la casa vio que todo estaba destrozado. Alguien se había llevado a su madre. Suna no podía sospechar de nadie y no sabía qué hacer.

Se dejó guiar por la intuición, cogió el caballo y subió a la montaña más alta para ver si desde allí podría ver alguna pista, pero no vio nada. Suna gritó el nombre de su madre por si la podía escuchar, pero no tuvo respuesta.

La joven bajó al pueblo a ver si alguien la podía ayudar o si sabían algo. En el pueblo estaba todo muy tranquilo. La gente iba y venía. De pronto, escuchó una vocecilla que la llamaba. Suna vio a un anciano  muy mayor, yo diría que tenía más de cien años, sentado en el porche de su casa. La llamó.

-¡Suna, Suna, ven! Yo sé quién ha sido. ¡Suna, ven!

A Suna la daba mucho miedo ese anciano tan extraño. Su madre siempre la decía que no se acercara a él, porque le gustaba la magia negra y podría hacerele daño.

-Suna, sé dónde está tu madre.

-¡Cómo! ¿Dónde está?

-Ven, te lo diré.

La chica se decidió a entrar, ya que si el anciano la decía dónde estaba, todo acabaría y su madre regresaría a casa. El anciano le contó que Vulcano se había llevado a su madre.

Vulcano era un horrible ser que vivía en las cuevas de Clarión, esas cuevas que nadie se atrevía a pisar porque eran  muy peligrosas. Nadie que entraba en ellas regresaba. La chica agradeció al anciano que la ayudara y éste le dio un amuleto para que la protegiera. Se lo colgó, cogió varias cosas, montó en su caballo y se dirigió a las cuevas.

Después de varios días de viaje llegó a las cuevas. El lugar carecía de vida. Los árboles crecían sin hojas y tenían una forma fantasmagórica. La sensación que Suna percibía era extraña. Bajó de su caballo y lo espantó para que se alejara. Así nadie sabría que ella estaba allí. Temblando por lo que iba a ver dentro de la cueva se introdujo en ella. La oscuridad era mayor a medida que avanzaba, hasta que no vio nada. Encendió un farol. En la cueva el silencio era ensordecedor y la tensión era mayor cada vez que daba un paso. Los pasillos estrechos se unían en una sala en la que se podía ver estatuas en piedra de personas con caras y gestos de pánico.

De repente, algo sonó en el pasillo cercano. Una luz se acercaba y se notaba cada vez con más intensidad. Suna no podía dejar de temblar, no sabía cómo podía defenderse de aquello que se acercaba hasta que con claridad vio la figura de una persona. Suna se desmayó.

-¿Estás bien? Te has debido dar un buen golpe.

Su voz era celestial. Pensó que ese hombre tan perfecto no podría ser el horrible Vulcano. Tal vez estaba en el cielo.

-Hola, me llamo Suna. ¿Quién eres tú?, dijo mientras se levantaba ayudada por joven que la sostenía sobre sus brazos.

-Yo soy Tom. Y tú, ¿qué haces aquí?

Suna le contó que buscaba a su madre raptada por Vulcano, pero que hasta ahora no había dado con ella. Tom, por su parte, le dijo que también buscaba a su padre raptado por el mismo dios; así que, muy contento de encontrarse con Suna, se ofreció a ayudarla y los dos se unieron en la búsqueda.

Anduvieron varios kilómetros de pasillos y estancias. La cueva era un laberinto lleno de estatuas fantasmales. Cada vez estaban más cansados. Tom comentó que debían descansar para continuar más tarde si no, el sueño les vencería.

Así lo hicieron y, cuando despertaron, siguieron revisando los pasillos de la cueva. Entonces, vieron una luz  muy brillante que iba a mucha velocidad. Suna se agarró a Tom con fuerza y la siguieron. Era como si la luz quisiera indicarles el camino que debían tomar. Al cabo de un rato se detuvo en una  sala y empezó a girar dibujando un círculo perfecto. Vieron cómo la luz proyectaba en una pared la forma de un sol. Tom lo recorrió con su dedo y una estancia nueva se abrió. La luz que les había guiado desapareció.

En la estancia, había unas escaleras que bajaban unos diez pisos de altura. Bajaron los empinados escalones. Cada vez hacia más calor. El aire era más espeso. Finalmente, llegaron a una puerta con dos palancas. Las accionaron y la gran puerta se abrió dejando a la vista una gran sala que debía contener algo muy grande.

Suna miró a Tom. Presentía que estaban cerca del final y que encontrarían a sus padres. Tom  sentía lo mismo y en ese momento recordó lo que la hechicera le dijo, que iba a conocer a alguien muy especial que le cambiaría la vida. De pronto, algo se movió en aquel sitio. Era algo maligno que hizo que Suna y Tom dejaran de mirarse. Suna agarró el amuleto que le había dado el anciano y rezó para que no les pasara nada malo a ninguno de los dos. Vulcano estaba allí. Era un ser alado de color negro. Tenía dientes y garras afiladas. La cosa no se ponía bien.

-¡Moriréis!, exclamó tronante Vulcano.

Entonces, el amuleto que Suna llevaba colgado se transformó en una daga. Enseguida comprendió lo que tenía que hacer. Arrancó la daga de su cuello y corrió a lo más alto de la cueva. Tom al ver correr a Suna, para protegerla, corrió hacia Vulcano. Al llegar a lo alto de la cueva, Suna se detuvo y contempló horrorizada cómo Vulcano se abalanzaba sobre Tom y lo dejaba de piedra. Suna pensó que tendría el mismo final que su amigo. Agarró con fuerza la daga y saltó sobre Vulcano. De repente, cientos de luces empezaron a girar sobre el monstruo. Ella volvió a clavar la daga en el corazón del monstruo que cayó al suelo y desapareció.

Se giró para despedirse de Tom, allí estaba la estatua sin vida. Pero no podía creer lo que vio después: algo deshizo el maleficio de Vulcano y Tom volvió a ser de carne y hueso. Como él también toda la gente que estaba allí empezó a recobrar vida, incluidos los padres de Tom y Suna. Todos regresaron a sus casas y fueron felices.

Susana Vaca

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